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Mucho más que carbón y la cuenca minera
El perfume de la ribera llegó a mi pituitaria de forma rápida y gratificante. Hacía mucho tiempo que por estos contornos de los valles mineros no olía ese embrujo de la primavera envuelto en follaje, arboleda múltiple, madreselva, saúco, avellano y todo el elenco natural de la foresta fluvial. Olía a río de verdad, a esa conjunción de fragancias frescas y cargadas de bálsamo que tanto animan el paseo vespertino. El río por Langreo desciende tranquilo, sosegado, limpio y oxigenado, especialmente en las pequeñas escalas donde el agua rompe en espuma y fuerza química. Da gusto ahora observar este cauce fluvial, antaño sucio, negro por el carbón minero y arrimado a las cloacas inmundas de la población trabajadora y fabricante. Hogaño es distinto, límpido, verde y apto para los pescadores que intentan con sus cañas que el sedal con su anzuelo enganche a algún pez perdido por estas latitudes del Nalón medio. Todavía no hay mucha fauna piscícola por estos lugares, pero se antoja con posibilidades de que, a medio plazo, las aguas del padre Nalón se conviertan en reductos acuáticos auténticos para la trucha, las anguilas e, incluso, las «llóndrigas», esas nutrias felices y hábiles que marcan el termómetro de la calidad de las aguas y del excelso medio ambiente. Pero a falta de truchería, los patos y demás anátidas disfrutan en las orillas fluviales de los encantos y de la diversidad natural. Todos en grupo, estos animales de alma acuática y adorno de estanque, vuelan y revolotean con la mirada puesta en las aguas del nuevo Nalón en busca de la apetecida comida.
En la tarde de ayer estaba el paseo fluvial inundado de andarines, atletas y patinadores. Y el olor volvía a acercarse a mi ser. Un aroma que me recordaba a los años adolescentes en el balneario estival de La Chalana, cuando los efluvios del buen río rodeaban a todos los bañistas y visitantes en una especie de fresco sahumerio que ambientaba las orillas fluviales con la rotundidad de las auténticas sensaciones. Y es que, actualmente, el paseo fluvial que atraviesa los concejos del Nalón industrial se ha convertido en una válvula de escape para los amantes del recorrido ameno, calmo y animoso. Los chistosos lo denominan paseo del colesterol, por eso de lanzarse al camino con la intención de reducir o eliminar esos malos signos corporales. Hombres, mujeres, niños; toda la población ociosa y no tanto se deja llevar por ese paseo fluvial que en estas jornadas primaverales, acogido a la brisa suave y esencial, arropa a los perpetuos andarines.
El Nalón baja limpio y oloroso, el verdor de las márgenes anuncia ese cambio notable de su ecosistema. La pena es que a mitad de cauce todavía se divisan materiales sin reciclar y bastante inmundicia, que los incívicos de turno piensan que esas aguas son las cloacas de otras épocas y no terminan de concienciarse. Pero la suerte ya está echada y el cauce del Nalón, con su caudal aceptable, flirtea los numerosos puentes que encuentra en su recorrido y camina radiante y ufano a juntar sus aguas con el Cantábrico en San Esteban de Bocamar. Y los aromas, la fragancia y ese olor primaveral pleno de buen sentido indican que algo va cambiando. Y los andantes, que forman parte del nuevo paisaje, lo saben. «El agua que tocamos en los ríos es la postrera de las que se fueron y la primera de las que vendrán; así el día presente…».
Fuente/lne.es
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